26 de diciembre de 2004.

Psicología

Como disfrutar el fin de año

Las últimas hojas del calendario suelen caer en medio de ansiedades y trajines que conspiran contra la posibilidad de vivir positivamente el ritual de las fiestas. Aquí, una especialista acerca consejos para conectarnos con su verdadero sentido


Si nos adelantamos levemente por la tenue trama del espacio-tiempo podremos escuchar las campanadas que ya llegan, las sirenas y el coro de bocinas y cohetes que alumbrarán el nuevo año. Oiremos los sonidos del cambio, fin y comienzo de nuestro calendario. Los hombres y mujeres del planeta, que gira con persistencia alrededor de su único sol, somos tan cíclicos como la Tierra y parecería que nos damos cuenta día a día de que el tiempo transcurre. Sin embargo, sólo una vez por año decidimos hacerlo todos juntos, como un ritual.

Ninguna generación existe por sí misma, aislada. Cada generación valida a la que sigue y es validada por la anterior. Desde el comienzo de la humanidad fluye este río de valoración y reconocimiento. No se detiene; nunca. En cada momento de nuestra historia, experimentamos el tiempo como un telón de fondo en perpetuo deslizamiento, ráfaga de aire que viene desde el futuro y, luego de detenerse un instante para acompañarnos, se apresura a hundirse en el pasado.

Cuando los niños se apuran creen que el tiempo transcurre más veloz que cuando están realizando una acción lenta; no comprenden que se desliza mas allá de ellos.

El tiempo es el punto de encuentro entre las generaciones, como las fiestas. En la infancia, esta época del año es ese sitio mágico que encenderá guirnaldas y esperanzas, hará brotar regalos, comida y alegría en muchos hogares. Al paso que crecemos, la flecha del fluir del tiempo parece acelerarse: multiplica reuniones, despedidas y agasajos, obligaciones y atenciones. Quedan pocos segundos libres, entre tantos detalles. Pocos momentos de tiempo sin destino, para deshilvanar cuestiones esenciales y disfrutar de las fiestas.

Cuando se acerca el final del calendario, el tiempo parece acelerarse alocadamente día a día, y una multitud de tareas nos dispara en distintas direcciones. Nuestra conciencia más aguda del devenir de la existencia se aúna a la tendencia anual de hacer balances, que se trasladan del rédito empresarial a la propia valoración.

Se acumulan además los esfuerzos de organizar contactos placenteros, cuerpo a cuerpo, entre grupos de amigos, familiares y compañeros de los varios trabajos. Tantas reuniones aumentan el registro sensible de las separaciones y las pérdidas, la movilización colectiva de los recuerdos y las carencias emocionales que a veces genera el no juntarse.

En los últimos años, las fiestas nos han encontrado en la Argentina en medio de serias crisis sociales, desencuentros políticos, traiciones y otros desengaños. Nuestras experiencias recientes nos demandan ser especialmente amorosos en el momento de celebrar y de cuidarnos. Frente al nuevo desafío festivo, de despedir y recibir especialmente al tiempo con las fiestas que acompañan cada cambio de año, debemos tener en cuenta los sentimientos que nos unen, cuidar nuestros afectos con la pasión y la alegría que ponemos para organizar brindis y banquetes. Quizá debamos prepararnos tal como lo hacen los niños para festejar el cambio.

Bajo el telón de nuestro cielo austral, que parece tan quieto e inmutable, es posible que necesitemos desplegar toda nuestra inteligencia emocional para que las fiestas sean muy fiestas y este Año Nuevo dure un año. Por lo tanto, y además de ser precavidos con los fuegos artificiales, los cohetes y los petardos, tengamos en cuenta algunas otras cuestiones:
• Procuremos tratarnos con ternura al hacer los balances personales. Cada uno de nosotros es único y mucho más valioso que sus resultados.
• Tratemos de defender las ideas y los afectos con los que estamos de acuerdo, sin por ello llegar a violentarnos.
• Comencemos a aprender a hacer el bien sólo para disfrutarlo.
• Trabajemos para iniciar, en 2005, un proyecto (grande o chico) que nos genere entusiasmo.
• Reunamos compromisos honestos de dejarles a las próximas generaciones un planeta viable.

Los 31 de diciembre, justo antes de las 24, existe un instante maravilloso en que es posible percibir cómo el pulso del universo desliza su ritmo por la transición del tiempo, escuchar de modo simple el pentagrama musical de la biología. Allí podemos librarnos de ataduras y aceptar la trama ineludible de penas y de goces que nos guía. Inmersos como estamos en el collage posmoderno, saturado de pantallas y otros inventos electrónicos, tal vez logremos, como los hombres primitivos, sostener y transmitir otra vez, por un minuto, el infinito en la palma de la mano.

Por Graciela Peyru

* Graciela Peyrú es médica psiquiatra y presidenta de la Fundación para la Salud Mental.